Revisando furtivamente mis correos electrónicos, me encuentro con una bandada de mensajes con el mismo asunto, o por lo menos, parecido: “exigimos a las autoridades…”; “no nos quedemos callados…”; “juntos podemos hacerlo…”; “exijamos la renuncia del presidente”.
No debería extrañarme –me digo- ya que por años me he dedicado al trabajo por la defensa de los derechos humanos, la justicia social y todas esas cosas tan latinoamericanas, tan de pelo largo, caites y morral; tan trasnochadas de izquierda melancólica. Y en esta vida, las consignas, son el pan de cada día.
Sin embargo, si me asombra porque las direcciones de quienes ahora me envían dichos mensajes, no son de mis camaradas ‘progres’, ni de organismos internacionales; mucho menos de ‘compas’ o de cuates “ex organizados”; no, es de mis amigos burgueses, de los que compartieron conmigo clases en la universidad privada, de los gerentes y administradores de tal o cual empresa, de los ‘project manager’ de alguna tansnacional globalizada; todos con el común denominador que nunca les importó un bledo la política, mucho menos la organización y ni digamos la manifestación. Para ellos, esas eran cosas del populacho… que sus razones habían de tener, pero hasta allí, con que no taparan las carreteras o no detuvieran el tránsito, entonces hasta les reconocían sus derechos.
La causa de este despertar de conciencia histórica dormida, no está en los proyectos de lucha social popular organizada, ni individual. La razón es mediática. Otra vez, si señores y señoras, otra vez el impacto mediático nos juega este ardid. No fue el asesinato del abogado Rosenberg lo que ha despertado tales ínfulas de rebeldía de la clase alta y media en Guatemala, fue su forma de hacerlo saber al mundo. Un audio retransmitido por la radio, un video subido a “you tube” y documentos colgados de las páginas web de algunos periódicos, ¡qué más se puede pedir!
¡Y quién más, si no un arquitecto del impacto mediático, estaría en su propagación! Hablo del ya tristemente famoso Mario David García, oscuro personaje que por años ha deambulado por el periodismo guatemalteco, una auténtica pluma mercenaria entrenada y vinculada nada más y nada menos que a grupos tan temidos como “la Oficinita”. Su sola vinculación con el caso, per se, es ya una sospecha de lo complejo que puede llegar a ser.
Ante el impacto mediático, como resultado tenemos movilizaciones de personas pidiendo la renuncia del presidente (para muchos ha de ser la primera vez que siquiera tocan el asfalto del centro de la ciudad); interminables cadenas de correos electrónicos (saturados de elementos patriotiqueros) que llaman a la insurrección civil y popular (¿popular?); asociaciones y programas radiales autodenominados “liberales” que claman por la renuncia de Colom y por consiguiente, por la “modernización” del Estado (seguramente encontrarán en todo esto, la obvia preconfiguración para que el Congreso adopte sin discusión alguna, las propuestas de ProReforma, manuscrito de carácter casi bíblico de los padres neoliberales de Guatemala); cámaras empresariales comprando grandes espacios en prensa para manifestar su sentir (recordemos que tanto Rosenberg como Musa, eran de “los suyos”).
Por su lado, el gobierno “social demócrata” de pantalla, sacando agua del pozo se entroniza más en el poder y trata de desviar una acusación personal, hacía una imagen de conflicto de clases. Cien personas le llegan a manifestar en contra, cien personas de los asentamientos manda a sacar para que los enfrente. ¡Solo muerto, me sacan de este palacio!, es lo que ha dicho a Telesur.
Sus explicaciones de complots ya pierden fuerza y aquí sólo se espera que lo más cercano a la justicia divina, o sea la CICIG, logre hacer algo en este pantano tropical.




























